Los fariseos de sonora

En el polvo del desierto, entre el sonido seco de los tenabaris y el golpe rítmico de los tambores, emerge una de las tradiciones más intensas y simbólicas del noroeste de México: los fariseos de Sonora.
Cada año, durante la Cuaresma y la Semana Santa, hombres de las comunidades yaqui y yoreme-mayo asumen un papel que va mucho más allá del disfraz. Cubren su rostro con máscaras —de cuero, madera o formas grotescas— y, al hacerlo, dejan de ser quienes son. Se convierten en otro: en la tentación, en el error, en lo que debe enfrentarse y purificarse.
No es teatro. Es fe vivida.
El término “fariseo” proviene del relato bíblico, pero aquí adquiere un significado propio. Representan a las fuerzas que se oponen a Cristo durante la Pasión: soldados, perseguidores, símbolos del mal. Sin embargo, en el fondo, encarnan algo más profundo: las luchas internas del ser humano. Por eso, quien entra en este rol lo hace por manda, por promesa, por agradecimiento o necesidad. Es un compromiso espiritual que se honra con disciplina.
Durante 40 días, los fariseos viven bajo reglas estrictas: guardan silencio, evitan placeres, se desprenden de comodidades. Algunos incluso renuncian al baño. Caminan, danzan, acompañan procesiones y piden limosna, siempre en un estado de recogimiento. El silencio no es casual: es una forma de resistir la tentación, de contener la palabra y mirar hacia adentro.
Las imágenes hablan por sí solas. En una, el grupo avanza unido, levantando polvo, creando un caos controlado que parece sacado de otro tiempo. En otra, la figura enmascarada —con cuernos, mirada fija y fuego detrás— intensifica esa sensación de lo ritual, de lo ancestral, de lo que arde y transforma. Aunque algunas representaciones modernas pueden variar en estética, el espíritu permanece intacto.
Cada elemento tiene un significado:
las máscaras ocultan la identidad,
los tenabaris anuncian el paso,
las cobijas envuelven el cuerpo en humildad,
y el movimiento constante recuerda que la penitencia no es estática.
El clímax llega el Viernes Santo, cuando el conflicto entre el bien y el mal se representa de forma simbólica. Pero es el Sábado de Gloria el momento más poderoso: las máscaras se queman. El personaje desaparece. El hombre regresa.
Ese fuego no destruye, purifica.
Con más de 400 años de historia, esta tradición es un claro ejemplo de sincretismo: la fusión entre la fe católica traída por los misioneros y las profundas raíces espirituales indígenas. Pero también es resistencia cultural. En cada danza, en cada paso, hay memoria.
Hoy, los fariseos siguen recorriendo pueblos y ciudades de Sonora —desde comunidades tradicionales hasta colonias urbanas— recordando que la espiritualidad no siempre es silenciosa ni cómoda. A veces es polvo, es cansancio, es sacrificio.
Y también es belleza.
Presenciar esta tradición no es solo ver un ritual: es entrar, aunque sea por un instante, en una historia viva donde el pasado y el presente se encuentran, donde el cuerpo se convierte en símbolo y donde la fe se expresa con una intensidad difícil de olvidar.


Fotos: Julián Ortega Garcia
